El poder del presente


Usualmente, la noción de tiempo en nuestra vida diaria se divide en pasado, presente y futuro. En el pasado se ubican los hechos consumados y por lo tanto, la sucesión de hechos está definida y atrapada en la certidumbre absoluta debido a su condición invariable, aún cuando los hechos específicos no los conozcamos porque nos perdemos al pretender identificarlos en el horizonte de la línea infinita del tiempo hacia el pasado.

En el futuro se ubica un infinito número de sucesiones potenciales de hechos también infinitas porque cada sucesión se extiende sobre la línea del tiempo hacia el futuro; la sucesión de hechos que se materializará no está definida y por lo tanto está atrapada en la completa incertidumbre. Podríamos pensar que la probabilidad de que una sucesión determinada de hechos se materialice aumenta en función del estado de cosas en el momento presente pero la incertidumbre sigue existiendo, es decir, las condiciones prevalecientes al momento presente restringen el número de sucesiones de hechos que pueden materializarse en el futuro, pero el conjunto resultante de posibilidades también está constituido por un infinito número de sucesiones de hechos a su vez infinitas.

El presente es justamente el punto en la línea del tiempo donde la incertidumbre se convierte en certidumbre, lo indeterminado en determinado, la posibilidad en realidad. La sucesión de hechos futura que se materializara se va revelando y quedando determinada a medida que el presente va convirtiendo el futuro en pasado. Es un instante infinitamente pequeño que, por ello, puede dar la impresión de que no existe, sin embargo, nuestra intuición constantemente nos confirma que sí. Un ejemplo tangible puede ser cuando uno se encuentra en una parada de autobús con la intención de abordarlo. El hecho de abordarlo está en el futuro mientras el autobús se aproxima, el mismo hecho estará en el pasado una vez que se aleje de la parada. Nuestro acto de abordaje debe ejecutarse en el instante en que el autobús llega a la parada no antes ni después. El presente del acto de abordaje debe corresponder al presente del autobús en la parada, si estos dos momentos no coinciden el abordaje no se lleva a cabo, consecuentemente, el fracaso es técnicamente lo que llamaríamos un costo de oportunidad. Los hechos suceden en el presente y es el único punto de la línea del tiempo en que se modifica la realidad o en que uno es transformado por ella, lo que limita el problema del poder a nuestra capacidad de permanecer constantemente conectado con el estado presente de cosas y a nuestra capacidad de modificarlo en la dirección pretendida.

Todo evoluciona a lo largo del movimiento unidireccional del tiempo. Si con todo nuestro ser, como si fuese una cámara fotográfica, captamos en un instante las condiciones del estado general en que se encuentran todas las cosas, un instante después captaríamos las nuevas condiciones prevalecientes, con lo cual comprobaríamos que el presente existe y que se manifiesta precisamente en el cambio del estado general de las cosas. De hecho, podemos decir que nuestra percepción es un proceso de tomar este tipo de fotografías casi continuamente, tal vez al ritmo en que un cuanto de energía tras otro pasa por un determinado punto del espacio. Con la conciencia plena y constante de la última impresión fotográfica captada en nuestro ser, emergerá con poder la convicción de estar vivo y la sensación satisfactoria de que no nos hemos perdido instante alguno de nuestra existencia.

El presente, entonces, se puede asimilar como una línea transversal a la línea del tiempo que corta simultáneamente todas las líneas de evolución de las cosas. Ver las cosas desde la perspectiva de la línea del tiempo puede llevarnos fácilmente a menospreciar la línea transversal que representa el presente, dada su escasa dimensión en el cruce con la línea del tiempo y, consecuentemente, muy fácilmente podemos quedar atrapados o en el pasado o en el futuro: una vivencia particular está vinculada intrínsecamente a nuestra historia de tal forma que nos resulta imposible borrarla porque ya es un hecho consumado, si mentalmente no encontramos paradigmas que nos ayuden a liberarnos de ese pasado quedamos atrapados con un grillete que los psicólogos llaman “determinismo del pasado” que condiciona irremediablemente lo que somos en el presente. El futuro, por su parte, también nos presenta trampas; nos invita a soñar, a entusiasmarnos y hasta obsesionarnos con alcanzar estados tan encantadores como desconectados de las condiciones presentes que para alcanzarlos habría que hacerlo a través de “saltos cuánticos” fuera de nuestro alcance; estos estados pueden lucir tan atractivos que nos mueven a romper la conexión de nuestra conciencia con el presente y con ello, se reduce a nada nuestra capacidad de influir en el estado de cosas para alcanzar un objetivo determinado y la dinámica del entorno nos afectará sin defensa ni control. Mantenerse permanentemente conectado con el presente, además de permitirnos vivir libres de ataduras del pasado y libres de anhelos obsesivos e inalcanzables del futuro, maximiza nuestro poder de modificar concientemente el estado general de las cosas.

Así mismo, un determinado estado general de cosas se sostiene a base de equilibrios que pueden ubicarse en medio de dos extremos: tan fuertes que determinan que el estado de ciertas cosas prevalecerá por siempre o tan frágiles que el estado de cosas se mantendrá tan solo por un instante y requeriría un estímulo o interferencia casi imperceptibles para modificarlo. La conexión permanente con el presente nos permite encontrar los equilibrios más fáciles de modificar, modificarlos cuando son susceptibles de modificación para alcanzar, con un mínimo esfuerzo, resultados francamente espectaculares.

Por otro lado, invito a ejecutar el siguiente ejercicio mental: supongamos que nuestra conciencia del yo existe y su manifestación material es tan pequeña que solo tiene la misión existencial de convertirse en un organismo vivo, es decir, su energía solo consiste en la voluntad de convertirse en un ser vivo pero nos encontramos en un planeta inerte, ¿cómo lograríamos cumplir nuestra misión?, la respuesta que concibo es que la misión podrá ser cumplida en la medida de que tal voluntad sea lo suficientemente fuerte para atraer y asimilar energías o estructuras materiales vecinas, que queden subordinadas a la voluntad de transformarse en un organismo vivo cuya estructura final esté por descubrirse. Cada vez me convenzo más de que este ha sido el caso de todos los seres vivos, en particular, el de la especie humana. Con la concepción, la fusión de los dos gametos donados por nuestros padres conformó una estructura, que en si misma contiene información de arranque que, a su vez, fue tomada bajo control por nuestra voluntad para continuar con el proceso de convertirnos precisamente en un ser humano. Seguramente en algún momento empezamos a olvidar este hecho y nos subordinamos a la dinámica escrita en el paquete de información inicial y a la del entorno como si fuesen leyes inviolables. Hemos olvidado la existencia y fortaleza de nuestra voluntad de estar vivos que existía previamente y que nos ha permitido llegar hasta este momento.

Recuperar esa voluntad de ser y, potenciarla manteniéndonos conscientemente en permanente conexión con el estado general de cosas en el momento presente, me parece un objetivo de vida que promete posibilidades ilimitadas para liberarnos de la atadura de que somos resultado de nuestra historia y no podemos ser de otra manera, más bien, estamos ante la posibilidad de ser lo que en el momento presente decidimos ser y al mismo tiempo, quedaremos a salvo de aspiraciones futuras imposibles de alcanzar.

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Una respuesta a El poder del presente

  1. Lorenza Graf dijo:

    Cris, que gusto escuchar de tí y de este tema tan interesante que me hiciste favor de compartir en el Congreso. Un abrazo

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